Nuevos y antiguos Frankenstein

(De Frankenstein a Blade Runner)

William Godwin (1756–1836), hijo de calvinistas, consideraba a Dios un tirano al que había que destronar. Sin embargo, fue precisamente aquella educación rígida y feroz la que lo empujó hacia la idea de la Revolución y el fervor reformista, escandalizado ante la compraventa de votos y enfrentado a la imposición del Terror. A pesar de su reivindicación de la virtud como camino hacia la felicidad, en su país fue considerado un terrorista de la peor especie. Creyente en la bondad de la naturaleza humana, para Godwin la simple existencia de la justicia conllevaba la determinación de la dicha social y, por consiguiente, de la felicidad. Siguiendo a Hume, defendía que el hombre nace libre de toda idea innata, y que su mente puede ser influenciada y sugestionada hacia el Bien. «Toda corrupción es el error y la ignorancia puestos en práctica», afirma.

Pero no solo la enfermedad moral sería curable mediante la Razón: incluso los defectos físicos, se atreve a proponer Godwin, serían desterrados en el futuro, tanto la enfermedad como quizá la muerte, gracias al ejercicio de la razón y el esfuerzo mental. Estamos ante un pionero del anarquismo, un visionario de los progresos científicos que navega por el lado oculto de la Razón, llegando hasta los extremos más septentrionales de los recónditos territorios del esoterismo y el oscurantismo.

El Estado, para Godwin, es quien ejerce la presión sobre los individuos y los convierte en seres ignorantes. «Látigos, hachas, patíbulos, mazmorras, cadenas y suplicios son los métodos prescritos y en uso para persuadir a los hombres a la obediencia e imprimir en sus mentes las lecciones de la Razón». Su proyecto de sociedad abole la propiedad, el Estado, el sincronismo de los horarios y los relojes, la institución familiar, el sexo e incluso el arte de la música y el teatro, porque —dice— «los intérpretes repiten notas y palabras que no son suyas». La familia, errada en su doble base —propiedad y subordinación de las personalidades—, será desterrada. Para la infancia, sus propuestas educativas superan con mucho los métodos modernos, pero llega a insinuar que la procreación, la educación y la crianza terminarán por resultar innecesarias: la Razón tendría acceso también a los secretos de la inmortalidad física y la eterna juventud.

La relación entre Godwin y el transhumanismo no es histórica, pero sí conceptual. Su fe en la perfectibilidad ilimitada del ser humano, en la erradicación futura de la enfermedad y aun de la muerte mediante el ejercicio de la Razón, anticipa el imaginario contemporáneo de la mejora humana. Allí donde hoy se invoca la tecnología, Godwin invocaba la mente. En ambos casos, la condición humana deja de ser destino para convertirse en promesa y riesgo.

Godwin, a pesar de sus ruidosos ataques contra la institución del matrimonio, se casó con Mary Wollstonecraft, pionera feminista y reformista, defensora de los derechos humanos. De tal matrimonio nacería Mary, la futura Mary Shelley. Percy Shelley, esposo poeta de Mary, sería uno de los primeros discípulos de William Godwin, y la hija de su segunda mujer, Clara, fue quien persiguió a Byron hasta quedar embarazada de quien sería Allegra, la hija del poeta-soldado.

Aquella noche mítica en Villa Diodati, a orillas de un lago suizo, cuando Byron propuso un juego literario consistente en contar una historia de fantasmas, dos criaturas nacieron para la historia colectiva: El vampiro de Polidori, antecedente directo de la fisonomía y el carácter del conde Drácula, y Frankenstein de Mary Shelley.

Quizá las enseñanzas paternas influyeron decisivamente en Mary y marcaron su personaje. Frankenstein —llamado el Monstruo— se levanta contra su creador, el doctor Frankenstein, un hombre que ha derrocado al Dios tirano y asume el poder de dar la vida. No olvidemos que el doctor es un joven hombre de ciencia, racionalista del siglo XIX, en los albores del positivismo. Pero, al igual que en la filosofía del padre de la autora, la novela se mueve por los márgenes oscuros de lo aún no descubierto, entre la suposición y la creencia. El Monstruo es el hombre como creación humana, el nuevo Prometeo —como indica el subtítulo—, un ser marcado por una mente moldeada en el crimen. Godwin, sin embargo, planteaba que no existe delito sin motivo ni acción que no pueda ser explicada y discutida en sus objetivos.

La reacción del doctor Frankenstein introduce diferencias: pretende crear a su hombre a partir del despojo social del crimen, lo reeduca, trabaja sobre sus sentimientos —inalterables a pesar del comportamiento antisocial del Monstruo— y lo presenta en sociedad totalmente transformado. Han triunfado la creación y la re-creación. Sin embargo, el desdén social marcará al Monstruo, que acaba entregándose a los más crueles crímenes. «He asesinado a seres encantadores e indefensos; he estrangulado a inocentes criaturas mientras dormían, y he apretado la garganta de quien no me había hecho daño a mí ni a ser humano alguno. He arrastrado a mi creador a la desdicha; le he perseguido hasta esta ruina irremediable». La huida del Monstruo, perseguido por su creador tras el asesinato de su vástago, es la metáfora final de una naturaleza manoseada y vengativa. No había llegado aún el momento del hombre como creación humana, o bien las fuerzas sociales, impertérritas, terminan por condenarlo.

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es una fábula tecnológica de Philip K. Dick que intenta delimitar el impreciso umbral entre lo natural y lo artificial. En un mundo devastado por la guerra, colmado de restos tecnológicos y edificios de apartamentos vacíos, Rick Deckard es un cazador-policía mercenario cuya tarea consiste en retirar de la circulación a androides rebeldes. Pero los Nexus-6 poseen características especiales: son casi humanos. En esta novela se basó Ridley Scott para Blade Runner. El aspecto onírico del libro se traduce en crudeza en la película. Los Nexus adquieren una presencia mayor: desaparecen los pequeños ordenadores que, desde la mesilla de noche, infunden estados de ánimo programados a los humanos; no vemos la vergüenza de Deckard por no poseer un animal real —cuando casi todos están en vías de extinción y, por ejemplo, tener un sapo en casa es demostración de estatus, suerte y buenos sentimientos—; ignoramos la depresión de su esposa, arrinconada en la cama y sin animal auténtico que exhibir ante las amistades; tampoco contemplamos al policía observando San Francisco desde la inmensidad y pensando en quienes abandonaron las ciudades para intentar ser felices en campos sin vigilancia.

Los Nexus en Blade Runner son irremediablemente los nuevos Frankensteins: humanos, demasiado humanos. El planteamiento de Mary Shelley no podía anticipar las nuevas dificultades que perfila Scott. A estos Frankensteins se les ha otorgado una vida pasada ficticia, construida a base de fotografías falsas y recuerdos insertados en la memoria. Los Nexus saben que tienen fecha de caducidad, como aquella sevillana de La tesis de Nancy, la novela de Sender, que conoció el día de su muerte al descender a un pozo. Pero los Nexus no aceptan la muerte: se rebelan contra el creador. Este nexo de la creación humana se vislumbra hoy en los avances genéticos, en la informática avanzada, en los trasplantes y los implantes. La IA será ahora el cerebro del nuevo monstruo, como ya vaticinaba Cerebro en Los Vengadores.

Entre Frankenstein y Blade Runner se traza una línea continua que atraviesa el transhumanismo y desemboca en la IA contemporánea. En ambos relatos, la creación humana ya no es mero artefacto, sino sujeto que piensa, recuerda y sufre, condenado por haber nacido fuera del orden natural. El monstruo de Shelley y los Nexus de Dick/Scott encarnan la misma paradoja: cuanto más perfecta es la creación, más insoportable y amenazante resulta para el creador. El transhumanismo retoma el impulso prometeico y lo reviste de optimismo tecnológico, pero hereda también su sombra: la incapacidad de prever las consecuencias éticas, sociales y afectivas de la mejora. La IA, este nuevo cerebro del monstruo, reactiva la vieja pregunta: no qué podemos crear, sino qué estamos dispuestos a reconocer como humano.

El Frankenstein de Mary Shelley era la creación frente a una naturaleza humana impía que no busca rehabilitar. Los Nexus, en cambio, piensan y sienten por sí mismos. Pero se enfrentan cara a cara con su creador y buscan vengarse de él, que envía al arcángel sangabrieldeckard para eliminar a quien se sale de la norma. De nuevo, la creación humana se levanta contra la mano extraña que embadurna la naturaleza. La creación intenta derrocar al creador. El tirano vuelve a ser sitiado. Y el rebelde, sometido a látigos, hachas, patíbulos, mazmorras, cadenas y suplicios.
De aquí a Godwin, hay un solo paso.

Alfonso Salazar (artículo de junio 2000 revisado en 2025)

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