Alfonso Salazar (Letra Clara, 2008)
Mi padre decía que conoció a Camarón en la trastienda de la Venta de Vargas, cuando el cantaor era un chinorri. No lo dudo. Algunos señores de dinero aparcaban en la puerta de la Venta de Vargas –la mítica venta, llevada al cine para lucimiento de la mismísima Lola Flores, que mi padre también contaba haber visto por allí, pero esa es otra historia. Digo que algunos señores de dinero, cosas de la época, paraban en la Venta de Vargas, y seguro que disfrutarían de aquellas tortillas de camarones que yo perseguí en mi infancia y aún se me presentan en sueños, refritas y deliciosas.
Por allí pasaría mi padre después de echar aquellas noches de verano en la terraza de los Hermanos Picó o La Mallorquina de la isla de San Fernando. Tendría él escasamente algo más de la veintena y Camarón era entonces un niño. Armarían la juerga en ese salón que sigue siendo museo de la historia y la memoria más nuestra. Y mi padre andaría por allí, tomando nota del vino de Chiclana y un detalle de menudo en una cazuelita. Así lo imagino, porque así me lo transmitió en aquellas anécdotas contadas a media luz cuando la emigración nos llevó a Barcelona o cuando recordaba exiliado en el Zaidín su juventud gloriosa: una amistad con el Chato de la Isla, don José Llerena, que rubricaba visitando todos los veranos un chiringuito que llevaba su nombre, entre la Isla y Cádiz. El Chato, que se nos murió sin hacer ruido este verano pasado en Fuenlabrada –qué cosas- provincia de Madrid.

La muerte de mi padre frustró fomentarle el orgullo de poder contarle cómo acompañé al mismísimo Chano Lobato, haciéndole de manager de gira, por pueblos blancos blanquísimos, muchos años después de aquellas veladas de la Venta, cuando Chano, a estas alturas, ya destila sabiduría. Aunque Chano no es de la Isla, catadura de nacimiento, que no era asunto principal pero sí aportaba mucho muchísimo a la madera del cantaor, según mi padre.
Esos cantes de Cádiz tomaban la forma de discos de vinilo, a 45 revoluciones por minuto, de la Belter y la Columbia, por algún rincón de mi casa: Paco de Lucía con Camarón, Pericón de Cádiz, mucho Canalejas de Puerto Real, y elepés de Rancapino, ese otro «camarón» en ciernes, que venía de Chiclana de la Frontera y apuntaba en la Venta las mismas maneras. Pero también El Chocolate, Fosforito –cuya peña en Barcelona visitábamos con asiduidad, yo niño de cinco años-, Gordito de Triana, la Niña de Antequera, Paquera de Jerez, Porrina de Badajoz. Algunos nombres que pueden parecer menores ahora en la historia del Flamenco, pero que son principales en la educación mía. Y singles que siempre llevaban la firma de mi padre grabada en el dorso de las carátulas, discos conseguidos posiblemente con mucho esfuerzo. Me llegan tanto los chá-chá-chá sin prejucios de Juanito el Africano, con Cepero a la guitarra, o el recuerdo del toque de Vicente el granaíno –qué palabra entonces granaíno, distante, de la ciudad de mi madre, que tardaría años en conocer y terminar haciendo mía. O Juan Carmona, Habichuela, acompañando por bulerías, Fiesta en Cádiz, a Fosforito.
Guajiras, alegrías, verdiales, fandangos, bulerías, cantiñas, cartageneras, hasta milongas, rumbas o pasodobles con fandangos… cante alegre. La discografía de mi infancia tiene el rasgueo de Niño Ricardo con un color azul profundo de las playas de la Isla de San Fernando, sal de la mojama, brillantes lenguados en la playa de Santibáñez, pequeños discos con un triángulo en su centro para adaptarse al enganche del tocadiscos. Y la confirmación ahora, pasado el tiempo, de que aquella era la música de fondo, cuando vuelvo a ver alguna película en Súper 8, de hace treinta años, donde la calva de mi padre se recorta en el Atlántico. Por ahí anda un disco de Camarón en la Venta de Vargas con una fotografía y su cara de chinorri, principios de los sesenta. Falta mi padre al fondo.
